amigo lector

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Amigo lector: no se te ocurra entretejer tu vida con tu literatura. O mejor sí; padecerás lo tuyo, pero darás algo de ti mismo, que es en definitiva lo único que importa. No me interesan los autores que crean laboriosamente sus novelones de cuatrocientas páginas, en base a fichas y a una imaginación disciplinada; sólo transmiten una información vacía, triste, deprimente. Y mentirosa, bajo ese disfraz de naturalismo. Como el famoso Flaubert. Puaj.

En La novela luminosa (2005) de Mario Levrero.

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nuestra señora de parís

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Aunque Nuestra Señora es muy vieja, es posible
que algún día sepulte a ese mismo París
que ella ha visto nacer; pero cuando transcurran
más o menos mil años, podrá el tiempo abatirla,
como un lobo derriba hasta a un buey, y torcer
esos nervios de hierro, y roer con sus dientes
tristemente su antigua osamente de roca.

Para entonces vendrán gentes de todo el mundo
para así contemplar esas ruinas austeras,
releyendo abstraídas la novela de Víctor…
Y la antigua basílica creerán estar viendo,
poderosa y magnífica, como fue tiempo atrás,
que se yergue cual sombra de una muerta a sus ojos.

Nuestra Señora de París, poema de Gérard de Nerval (trad. de Carlos Pujol).

lejanos manantiales del pasado

De hecho, la idea de música culta que mayoritariamente se cultiva hoy corresponde a un sistema en el que las aspiraciones a algo elevado, que rebata la miseria del simple ser existente, convergen más allá del mundo al que ese ser pertenece y se satisfacen en un parque natural que es la réplica de un mundo desaparecido. Para el pueblo de la música culta, la Historia tiene el centro de gravedad inexorablemente dirigido hacia atrás. No hay casi consumo de esa música que no sea un velado acto de resistencia a la corriente del tiempo. Acosado por la modernidad, el consumidor de música culta rema hacia atrás con gran dignidad, temiendo los rápidos del futuro y soñando la paradisíaca calma de manantiales cada vez más lejanos. Es precisamente en este movimiento a la contra donde vacía toda una inmensa tradición musical de cualquier valor particular, confinándose a sí mismo y a esa tradición en los bancales de un refinado e inútil conservadurismo. En la actitud que la mitifica y la coloca fuera del tiempo, la música culta muere, y se marchita el patrimonio de deseos y de esperanzas que ella, en el momento de salir a la luz, encarnaba. Resulta un pasatiempo entre tantos, una afición sólo más señorial que otras.

Nada puede salvar a la música culta del triste destino de difuminarse en praxis oscurantista y patrañera salvo el instinto de ponerla en cortocircuito con la modernidad. Debe volver a ser idea que deviene y no consigna que se vacía en el tiempo. No hay otra manera de salvar el espacio utópico que a ella efectivamente le compete y que el sentido común intuye: su tendencia objetiva a no dejarse resolver en la inmediatez del momento del consumo y a aludir a un más allá tan enigmático como preciado. El sentido común transmite esta ocasión de rescate desde la insignificancia de lo que, simplemente, es; pero luego, enseguida, se la deja arrebatar y la asume como realidad gratuita reduciendo inmediatamente a cero su alcance innovador. La Quinta de Beethoven, e incluso el más lacrimógeno vals de Chopin, siguen mirando más allá de la mirada que les interroga. Ésta es la insoslayable diversidad que llevan a cuestas. Pero si ese más allá se confecciona como fórmula y se adjunta con las entradas como amable homenaje para almas perezosas, la Quinta de Beethoven y el vals de Chopin se convierten en estampitas de sí mismos y vuelven a ser mercancía absolutamente muda y alineada con la disciplina del simple ser existente. En obras como esas late una fuerza capaz de «agujerear» el velo de lo real, dando voz a la legítima pretensión de que aquello que es no lo es todo. Pero hacerlas rígidos iconos de una mitología rancia equivale a domarlas y confinarlas en el parque natural de una espiritualidad dominguera.

En El Alma de Hegel y las vacas de Wisconsin (1992) de Alessandro Baricco.

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biblias y animales muertos

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Muestra de una biblia francesa del siglo XIII.

Se desuella un cordero, una cabra o un buey muertos. Se prepara la piel para hacer libros. Si la res todavía mama, o si por azar nace mortinata, se llama vitela al pergamino. Se lavaba la piel. Se secaba. Se limpiaba el cuero de pelos con la ayuda de la cal. Se tensaba firmemente la piel en un marco de madera. Se eliminaban las impurezas con la cuchilla. Se dejaba secar en el marco de madera hasta que la tensión orientara las fibras. Se la frotaba con piedra pómez y luego con polvos de yeso. A veces se untaba el pergamino con aceite de lino o agua de leche o agua mezclada con huevo. Entonces se hacía difícil distinguir con la mirada o con el dedo sobre la página la cara carne de la cara pelo de la piel del animal muerto. Viejos sacrificios reprimidos y supervivientes. La Biblia cuenta que Salomón el Magnífico, con ocasión de la fiesta dedicada al Templo de Jerusalén, sacrificó con sus manos veintidós mil bueyes y ciento veinte mil corderos durante siete días. Una biblia del siglo XIII representaba entre sesenta y doscientas bestias abatidas.

En Pequeños tratados I (2016) de Pascal Quignard

las regiones inferiores

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Todo escritor que ha adquirido cierta notoriedad y la defiende sabe muy bien que, por eso mismo, deja de ser escritor, pues ha pasado a administrar posiciones como cualquier burgués. Sin embargo, sabe de algunos que eran hasta tal punto escritores que, precisamente por eso, no llegaron a alcanzar esa notoriedad. Terminaron extinguidos y asfixiados, y tuvieron que elegir entre vivir siendo una carga para todos, como mendigos, o bien en el manicomio. Al escritor de éxito, consciente de que ellos eran más puros que él, le resulta difícil aguantarlos largo tiempo cerca, pero sí está dispuesto a venerarlos en el manicomio. Ellos son las heridas que se han separado de su cuerpo, y como tales siguen vegetando. Es edificante contemplar y conocer esas heridas, siempre que uno deje de sentirlas en su propia carne.

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El prestigio que los escritores extraen de sus mártires: Hölderlin, Kleist, Walser. Y así, con todas sus pretensiones de libertad, amplitud e inventiva, no hacen más que construir una secta.

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«Sólo puedo respirar en las regiones inferiores.» Esta frase de Robert Walser podría ser el lema de los escritores. Pero los cortesanos no la dicen, y los que han alcanzado la fama ya no se atreven a pensar en ella. «¿No podría olvidarse un poco de que es famoso?», le preguntó Walser a Hofmannsthal; y nadie ha expresado con más intensidad la penosa situación de las celebridades.

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Me pregunto si entre aquellos que construyen su holgada, segura y rectilínea vida académica sobre la de un escritor que vivió inmerso en la miseria y la desesperación, habrá uno solo que se avergüence.

En Apuntes 1 (2011) de Elías Canetti.

 

roma

Giovanni Battista Piranesi, “Veduta di Campo Vaccino,” Views of Rome, plate 82, 18 x 27.75 inches, etching, 1772

Buscas en Roma a Roma ¡oh peregrino!
y en Roma misma a Roma no la hallas:
cadáver son las que ostentó murallas
y tumba de sí proprio el Aventino.

Yace donde reinaba el Palatino
y limadas del tiempo, las medallas
más se muestran destrozo a las batallas
de las edades que Blasón Latino.

Sólo el Tibre quedó, cuya corriente,
si ciudad la regó, ya sepultura
la llora con funesto son doliente.

¡Oh Roma en tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme y solamente
lo fugitivo permanece y dura!

A Roma sepultada en sus ruinas. Poema de Francisco Quevedo.