matando su mejor pedazo

San Gregorio, Lago Buenos Aires, La Coruña, Ranquil, las federaciones obreras, las huelgas de Iquique, de Valparaíso, son manchas enormes de sangre, mapas de sangre en nuestra geografía que no se estudia, en nuestra historia que no se escribe, la única historia que, después, va quedando; no ha habido manos para preocuparse de ellas, ha habido para estarlas borrando, arrodilladas las manos, pero no ha habido con tinta de libro para restaurarle su rojo. Sólo el discurso político en el día electoral las coge cada año, para colgarlas cada año. Como digo continúa la sangre en nuestra historia.

Hablo aquí de la sangre determinada por el hombre, no de la sangre que determina la naturaleza. No de la sangre que vierten los terremotos, los naufragios, las tempestades, los derrumbes, el clima nuestro. No hablo de esta clase de crimen, que es bien grandiosa, bien numerosa. Ellos son el color de fondo para los otros crímenes, para la otra sangre. A veces no habrá que olvidar tampoco. Por ejemplo, el terremoto del año seis que asesinó en Valparaíso al grande Pezoa Véliz. Ahí estuvo la tierra chilena matando a su mejor pedazo.

En Los asesinados del Seguro Obrero (1940) de Carlos Droguett

piedras flotando en un espejo

UNO. Proust escribe que las imágenes que nos entrega la literatura son tan intensas como los sueños. Ruiz, que es un proustiano confeso, dice algo parecido sobre las imágenes del cine. Yo no he soñado jamás con el azul y su paleta —el cianómetro que usaban en el siglo diecinueve—, pero en la observación del mar o el Ande nevado y sus nieves entre marfil y celeste me siento en una especie de sueño. Cuando cruzamos el Chacao de camino a Chiloé pienso que podría vivir tranquilo flotando en ese lienzo expresionista de grises y azules. El azul es tan intenso como los libros, el cine y los sueños.

DOS. En Queilen caminamos hacia el este de la isla acompañados por un perro café claro. El camino es de tierra. A la izquierda tenemos el mar. Al fondo, en el mismo sentido, una isla cuyo nombre olvidé. Más atrás, un murallón de nubes no deja ver la cordillera. Hacia el sur, el camino se estrecha en forma de ají. Chile, ají, la forma de una vaina encallada en el Pacífico. Le escribo a Nina a propósito del Chiloé: «pedacitos de tierra flotando en un espejo».

TRES. En la pensión de Queilen —una casa esquina de cuartos amplios que construyeron unos alemanes, según nos cuentan— compartimos un vino con el administrador. Nos cuenta que estudió Historia y escribió una tesis sobre la relación del Estado con los anarquistas a principios del siglo veinte. En una pequeña repisa veo algunos libros conocidos: González Vera, Manuel Rojas, el libro de Santiván y la colonia tolstoiana. Aunque no se lo pregunto, intuyo que tiene uno o dos años más que yo. Nos habla de su relación con el anarquismo y la imposibilidad que tiene él de conciliar las ideas ácratas con la vida que lleva. Una vida que a nosotros nos parece modesta: la casona en donde nos arrienda unas camas estaba en ruinas hasta antes de su llegada. Por todos lados es posible encontrar las huellas de su trabajo —todavía en curso— por mantenerla medianamente habitable: planchas de madera sobre paredes rotas, puertas nuevas, lámparas enchufadas que reemplazan el defectuoso sistema eléctrico en el segundo piso. En la cocina instaló algunos implementos para vender comida chatarra: papas fritas, completos y sándwiches. Le pregunto qué sabe de los permanentes loteos de los terrenos en la isla y la instalación masiva de parcelas de agrado para capitalinos que arrancan de la peste. Dice que muchos campesinos venden y luego se compran camionetas de treinta millones. En la tele hablan del Tren de Aragua y los portonazos. «Acá todavía no pasan esas cosas», dice. También nos habla de los chonos que vivían en Queilen antes de la llegada de los españoles. Acá —apuesta— se habría gestado la mezcla entre canoeros y campesinos que es lo que caracteriza a los chilotes. Amancebado por el vino pienso que podría escribir un poema que describa las derivas de esta conversación pero me contengo. Escucho si tengo que escuchar, hablo si me lo piden. Tomo vino como quien toma agua hasta que alguien dice que es hora de dormir. Volvemos a la pieza. Detrás de la ventana el mar, la costanera, los botes que aun no zarpan.

CUATRO. A Quellón arribamos a la hora de almuerzo. Era nuestra meta: llegar al final de la isla. En la costanera encontramos a un Martín Pescador. Carolina me comentó hace unos días que su aparición anuncia la llegada del frío. Nos movemos hacia una cantina ubicada junto a una Petrobras. Tomamos cerveza y miramos —otra vez— la paleta de grises y azules que constituyen el paisaje hacia el este: mar y nubes de cuya base la lluvia cae y forma una delgada cortina como de seda. El Pacífico no es el ponto donde Telémaco parte a buscar noticias de su padre, pero su extensión irisada por el viento y las naves también parece invitar a salir y perderse. A ir siempre al sur. Más al sur del sur.

CINCO. En Quellón la oscuridad pesa. A las cuatro de la tarde hay una luz tenue y lechosa de crepúsculo invernal. Las nubes y el mar toman un color púrpura intenso ribeteado de trazos grises. Claudio, que nos recibe en su cabaña, nos lleva a conocer Punta de Lapa. Al final de esa playa se encuentra el hito cero: ahí se acaba la ruta cinco. Para llegar ahí trazamos un arco alrededor de la bahía. Helios se hunde temprano en el mar y todo se llena se sombras. La vuelta la hacemos en una micro vacía. Nuestra conversación —que parece continuar en el mismo punto en que la dejamos la última vez que nos vimos, hace cinco o seis meses atrás, en Talca— se dilata en torno a lo de siempre: películas vistas, discos nuevos y viejos descubiertos en el océano de Internet, etcétera. En su pieza, donde pasamos la noche, uno asiste a un bellísimo museo a escala de sus aficiones: una pequeña biblioteca con Philip K. Dick, Cartier Bresson, Álvaro Bisama y otros; una colección de películas en VHS; un tocadiscos; un mapamundi; una reproducción a escala de un ring de lucha libre; la caja de una cámara fotográfica que le robaron hace poco de esa misma cabaña. Sé que, como nosotros, Claudio ha vivido en muchas casas en muchas comunas de las muchas provincias de Chile y el empeño que coloca en construir permanentemente ese rincón casi sagrado me enternece: somos nómades cargando algunos cachureos para construir un refugio y un altar en cualquier parte.

el mundo vaciado de los posmodernos

Imagen: Vertederos de ropa desechada en el norte de Chile. Tomada de diario Resumen

Tras haber padecido en toda su extensión la realidad moderna, de pronto los pueblos pobres deben padecer la hiperrealidad posmoderna. Nada vale, todo es reflejo, todo es simulacro, todo es signo flotante, y esa misma debilidad, según ellos, nos salvará tal vez de la invasión de las técnicas, de las ciencias, de las razones. ¿Había que destruirlo todo para llegar a hacer leña del árbol caído? El mundo vaciado donde evolucionan los posmodernos es un mundo vaciado por ellos, y solo por ellos, porque tomaron a los modernos al pie de la letra.

En Nunca fuimos modernos (1991) de Bruno Latour

un aeropuerto al amanecer

Fotografía de Troy Paiva

Nada hay tan desolado como un aeropuerto al amanecer.

Si alguien dormita,
si parece que alguien lee,
si se encienden las pupilas rojas que indican la salida
de algún avión: si Londres, si Ginebra,
si Río, si Santiago;
si te llaman por los altavoces,
si llegas acezando, si pronuncias
un nombre: si abrazas y te odias,
si te queman las palabras que has guardado,
si el dinero que circula
entre un señor y otro señor.
No hay nada
tan desolado como un aeropuerto al amanecer.

Porque todos saben que tienen que partir, y no lo saben:
deben viajar hacia otros cielos, llegar hasta otras tierras,
y a eso llaman partir.
Pero no saben, o quieren olvidarlo,
o simplemente les da náuseas,
que no hay sino partidas desde que llegamos a este mundo,
y una sola gran partida
donde no hay mano que te ayude, ni instrumentos de vuelo,
ni tripulación que vele el largo viaje.

Y de pronto se han ido los viajeros,
cruzan soñolientos los pilotos.
Y como ya te has despedido
y te quedas sin compañía en el inmenso edificio,
parece que alguien te llama
en la desolación que nace de todo aeropuerto cuando comienza a amanecer.

Aeropuerto. En Noches (1976) de Miguel Arteche

rechazar para despolitizar

De izquierda a derecha: Pinochet, Neruda y Carlos Prats

Quizá la fotografía también es una especie de phármakon: la escritura de la luz sobre el celuloide que luego se revela y nos revela, a veces por error, las violencias de una historia que todavía no tiene lugar. Pienso en esto al mirar esta fotografía que encontré en Memoria Chilena. Primero, la ironía involuntaria en el orden de los personajes: en la izquierda, Pinochet con sus anteojos oscuros. Al centro, Neruda mira el Estadio Nacional que lo homenajea después de recibir el Nobel. A su lado, Carlos Prats, vivo. Como en el poema 48 de La ciudad de Gonzalo Millán, la fotografía nos obliga a retroceder y revivir a los muertos.

Un amigo se preguntaba hace poco por el origen de esos lentes y su carga ominosa y performática: ¿de dónde salieron? ¿Qué pasó con ellos? A mí me gusta pensar en dos extremos: los lentes oscuros de Pinochet y los lentes rotos de Allende. La opacidad del terror militar y el objeto roto del proyecto de la Unidad Popular. Armando Uribe escribió alguna vez sobre pinochet (así, con minúscula): «No conozco ningún chileno que no haya tenido sueños y pesadillas en que aparece su figura; o que no haya tenido la fantasía de sentirlo sentado sobre sus cabezas, con los testículos colgando».

Traigo a colación esta imagen a partir de lo siguiente: circula en Internet un video de campaña por el Rechazo que habla, en un tono burdo de superación personal tipo Pilar Sordo, de la importancia de soñar con un país mejor, salir adelante, ponerse de pie, etcétera, etcétera. El campo semántico de lo que alguien que no recuerdo bautizó como la positividad tóxica. Nada nuevo en la retórica de la derecha chilena. Lo inquietante está en el segmento donde apuntan: «Cuando no dejamos de soñar con las mejores palabras, el sueño del Nobel se convirtió en realidad». El montaje muestra a Neruda y Gabriela Mistral. Luego muestra la cordillera de los Andes y un cóndor («rechacemos juntos para llevar a Chile aún más arriba, aún más alto»), animal que para Mistral simbolizaba la pedantería, la actitud de carroñero, el ataque por la espalda. La actitud, todo sea dicho, de los militares que bombardearon La Moneda y permitieron que existiera la Constitución del 80.

La propaganda además es ridícula por varias razones, casi todas políticas: por un lado, la higienización total de dos figuras cuyas opiniones y modos de entender la realidad de su tiempo no son desconocidas para nadie que tenga la buena voluntad de sentarse cinco minutos a leer en Wikipedia. Pero quizá lo más perverso de todo es servirse de Neruda, militante comunista, gestor entre otras cosas de salvar a los refugiados de la Guerra Civil Española a principios del siglo pasado, exiliado por la dictadura de González Videla, amigo de Salvador Allende y comprometido hasta las masas con el proyecto de la Unidad Popular.

La dictadura ya hizo lo suyo con Mistral: la redujo al papel de la profesora que escribía cánticos infantiles. La carga trágica de sus poemas bien podían dejarla durmiendo en las bibliotecas. Hacerlo con Neruda parece el colmo, aunque también podríamos leerlo con Marx y la fórmula: primero como tragedia, después como farsa. Intentar apropiarse del signo Neruda, para decirlo en esos términos, es reconocer también su propia falta, su completa orfandad cultural. Despolitizar como una forma de colocarle piezas muertas al muñeco tullido que quieren colocar en el teatro de marionetas de nuestra historia reciente.

el manifiesto

Era, pues, un fallo por mi parte el haber alejado de mi memoria lo que fue lo más manifiesto del Manifiesto. Lo que allí se manifiesta en primer lugar es un espectro, este primer personaje paterno, tan poderoso como irreal, alucinación o simulacro, y virtualmente más eficaz que lo que tranquilamente se denomina una presencia viva. Al releer el Manifiesto y algunas otras grandes obras de Marx, me he percatado de que, dentro de la tradición filosófica, conozco pocos textos, quizá ninguno, cuya lección parezca más urgente hoy, siempre que se tenga en cuenta lo que precisamente Marx y Engels dicen (por ejemplo en el Prefacio de Engels a la reedición de 1888) sobre su propio «envejecimiento» posible y su historicidad intrínsecamente irreductible ¿Qué otro pensador ha puesto jamás sobre aviso con respecto a este asunto de forma tan explícita? ¿Quién ha apelado a la transformación venidera de sus propias tesis? ¿No solamente con vistas a algún enriquecimiento progresivo del conocimiento que nada cambiaría en el orden de un sistema, sino para tener en cuenta —otra cuenta— los efectos de ruptura o de reestructuración? ¿Y acoger de antemano, más allá de toda programación posible, la imprevisibilidad de nuevos saberes, de nuevas técnicas, de nuevos repartos políticos? Ningún texto de la tradición parece tan lúcido sobre la actual mundialización de lo político, sobre la irreductibilidad de lo técnico y de lo mediático en el transcurso del pensamiento más pensante —y más allá del ferrocarril y de los periódicos de la época, cuyos poderes fueron analizados de manera incomparable por el Manifiesto—. Y pocos textos fueron tan luminosos a propósito del derecho, del derecho internacional y del nacionalismo.

En Espectros de Marx (1993) de Jacques Derrida

el pensamiento ecológico

Como demostró el éxito de Wall-E: batallón de limpieza, todo el mundo se pregunta eso: ¿qué es la conciencia ecológica? ¿Cómo volvemos a arrancar Spaceship Earth (la nave Tierra) con las piezas que tenemos a mano? ¿Cómo avanzamos partiendo de la melancolía de un planeta emponzoñado? Wall-E comienza en el futuro, dentro de varios siglos, con la deprimente escena de un pequeño robot compactador de basura apilando montañas de residuos humanos. Hay algún error en «su» software, algo que se manifiesta como un síndrome de Diógenes. Parece estar buscando alguna solución para la humanidad entre los cubos de Rubik, el vídeo de Hello, Dolly, y el diminuto brote que hay en una maceta. Wall-E nos muestra con alegría que el software «estropeado», el trastorno mental del pequeño robot, es el código viral que reinicia la Tierra: en este caso evolucionamos a partir de los memes, no de los genes. Sin embargo, su obsesión compulsiva, ¿no se parece mucho a una manifestación de tristeza (al menos desde nuestras butacas del cine, en cuanto espectadores de una destrucción futura), idéntica a nuestra situación actual? ¿Cómo empezamos? ¿Adónde nos dirigimos desde aquí? ¿Es el sonido de algo que nos llama desde el interior de la tristeza: el sonido del pensamiento ecológico?

En El pensamiento ecológico (2018) de Timothy Morton