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Levrero como modelo de escritura: “Para decirlo con palabras más duras y más exactas, escribir es más barato y menos peligroso, o más cómodo para mí. Soy perezoso y cobarde, además de pobre; debo, pues, resignarme a escribir, y, todavía, dar gracias por ello”.

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Te paras en el balcón a tomar un poco de sol. Abajo, un tipo con gafas oscuras visiblemente ebrio pasa camino a la botillería. Lo saludas. Te saluda y canta, con voz pastosa, una canción de Virus. Se ríe. Te ríes, fingiendo. Pasa de vuelta con un sixpack de cervezas. Al rato lo ves en el balcón de una de las torres de departamentos del barrio. Específicamente hacia el surponiente. El tipo mira hacia ningún lugar, con una lata en la mano.

Le preguntas al dueño de la boti si le ha ido mal, ingenuamente. Te responde que todo lo contrario. Que en un par de días ha vendido más que lo que vendía en un mes normal. Recuerdas lo que contaba L. hace una o dos semanas: el motel donde trabaja, lleno como nunca. Hasta antes de la agudización de la pandemia, las piezas llenas. Una pareja tras a otra.

Recuerdas un momento de La Peste de Camus donde el narrador habla de parejas que salen por la noche a retozar entre los arbustos de las plazas. En medio de la pestilencia, la voluptuosidad como escape.

O algo así.

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En Twitter, escritores que quieren narrar el virus y escritores que se ríen de los que hacen del virus una oportunidad. Entre medio, nada. Entre medio, Twitter y su ruido blanco.

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Una escritura para nadie. Absolutamente banal y plana. Ejecutada sin otro propósito que sobrevivir en el gran archivo de Internet para ser hallada por casualidad o no ser hallada jamás. Una escritura que circunde el vacío y trace una órbita alrededor.

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Dilatada conversación con A. sobre el aburrimiento. Este debe ser por lejos el momento más preciso para escribir sobre el aburrimiento, sobre el tedio, sobre el peso del tiempo. Porque un poco más allá del horizonte apocalíptico que impone la pandemia, está esta nueva clase de spleen: la crisis sanitaria que nos empuja a nuestras casas, al espacio vital que de pronto se nos revela monstruoso en su monotonía.

Pascal: “Las desventuras humanas tienen su origen en no saber estar en pleno reposo, sin pasiones, ni divertimentos, sin quehaceres, sin aplicación. Sentimos entonces nuestra nada, nuestro abandono, nuestra insuficiencia, nuestro vacío; inmediatamente surgen del fondo de nuestra alma el aburrimiento, la melancolía, la tristeza, la pena, el despecho, la desesperación”.

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En medio de la inmovilidad, la necesidad de recordar. Se te aparecen algunas imágenes que pensabas enterradas: el otoño en la población San Pablo, la camioneta vendiendo camarones de barro, tus padres comprando uno o dos kilos para prepararlos cocidos. El miedo a esos bichos extraños que intentaban escaparse de la olla y de la inminencia de la muerte. La imagen de ese puñado de viviendas sociales de los noventa en medio de un enorme potrero. Ese primer acercamiento al horror vacui. 

El terror de constatar que tu vida ha sido una pelea constante contra el aburrimiento.

Más recuerdos: los alambres de púa separando la población de la Nada. La casa que tenía un par de arcades donde jugaste King of fighters 97 y otros juegos, siempre con el mismo resultado: un fracaso tras otro. El descubrimiento temprano de que en la competencia no hay goce sino más bien una lucha solapada por querer ser mejor que el otro. Lo que más tarde nombrarás, con un dejo de desprecio y repugnancia, como el jugar a medirse la pichula. Las pichangas, una partida accidental de ajedrez: todo dominado por una irrisoria necesidad de imponer algo. 

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Extrañísima tensión: echas de menos a tus abuelos, a tu madre. Podrías ir a verlos. Tomar la misma micro de siempre. 24 km entre Talca y San Javier. Así, como si nada. Como el resto de gente que ves en la calle. Aún así, en una suerte de gesto de profeta ebrio en su estupidez, te dices: no, no debo. Porque viene la peste. Vienen los muertos. Viene la purga.

Y te sientes estúpido y responsable al mismo tiempo.

Lo mismo con V, que vive a cinco o seis cuadras de tu casa.

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“A los 29 quién no es frágil, doliente, cínico y valiente” (Álvaro Henríquez)

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“i al pensar en que yo y mi pero somos dos animales…
me duele el pensamiento como una mordedura”
(Joaquín Cifuentes, “Esta es mi sangre”)

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Lo mejor de Poe está en sus cuentos. Hoy, leyendo las aventuras de Gordon Pym, me queda la misma sensación que viendo Brainscan anoche: esta película es un mal Cronenberg, como la novela de Poe es apenas un truco de gimnasia al lado de Moby Dick. 

Pero qué importa, al fin y al cabo.

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C. suele decir: no más música de guitarras. Y a pesar de que a veces estoy de acuerdo, también pienso: cuando todo se venga abajo, la guitarra va a ser uno de los pocos instrumentos con el que los sobrevivientes de las ruinas del capitalismo podrán reunirse junto a una fogata.

(La imagen es exagerada, por cierto, pero creo que se entiende la idea).

Abrazo, entonces, la música de ciertos compositores. No los somníferos del mainstream —Aznar, Silvio Rodríguez, Drexler, por muy virtuosos que sean—. Me interesan esos músicos de los bordes: Robbie Basho, Doctor Pez, Bill Orcutt, Eduardo Subiabre —¡qué bueno es el disco de Subiabre!

Hoy, por ejemplo, reencuentro con una bellísima composición de Basho: Wine Song (Sweet Wine of Love). Los versos que abren la canción son altísima poesía: The sweet wine of love is but a dream / And yeat I yearn for more / The pockets of the heart contains the key / That turns the tavern door / and more, and more.

Plan viejo, quizá realizable durante este encierro: escribir un perfil literario de Robbie Basho. Algunas anécdotas que recuerdo al paso: el éxtasis, ácido mediante, que lo llevó a sentirse la encarnación de Matsuo Basho. O sus paseos por las tiendas de discos comprando sus álbumes para que no juntaran polvo. La incursión en los ritmos orientales, incluso antes que los Beatles y su tan promocionado encuentro con Shankar (averiguar este dato, cotejar fechas).

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Durante la mañana, por trabaja, redacción de una breve nota sobre una antología de Vicente Huidobro. Reviso la maqueta buscando algunas citas y recuerdo lo que me distancia de su obra: ese gesto de intelectual decimonónico satisfecho de sí, la necesidad de inventar por enésima vez la pólvora, citar a los griegos como si nadie antes que él los hubiera leído mejor (“volver a la poesía como creación”, escribe en una nota. Por favor).

El eterno mal de la poesía chilena: la necesidad de fundar algo, de clavar la bandera en la cima de un cerro piruja como si fueran Humboldt subiendo el Chimborazo. Pienso en Alfonso Alcalde, cuya obra es infinitamente más compleja, poliédrica e interesante que la de Huidobro.

Nada que hacer.

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Apagar el celular. Dejarlo cargando. Olvidarse un rato del virus. Por la tarde, lectura de Rey Lear. Qué placer estar leyendo a Shakespeare a mis 29 años y no haberlo leído a regañadientes durante el colegio (para los hijos de la clase trabajadora chilena post dictadura, el gusto por la lectura siempre llega tarde).

De aquí a fin de año, si no nos mata el virus o estalla una guerra o un sismo parte la tierra en dos o un volcán nos deja como los habitantes de Pompeya: leer todo Shakespeare, estudiar a Shakespeare.

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Mensaje a JM sobre la decepcionante lectura de Susan Howe. “Amigo, estoy en el súper, comprando cosas. Esta noche empieza la cuarentena total”.

A ratos, la posibilidad de leer e incluso detenerse a emitir un juicio sobre lo que se lee parece un acto absolutamente fuera de lugar ante el panorama de catástrofe sanitaria. Pero lo ves como el único momento de relativa calma durante el día. Por la noche, cuando el silencio del toque de queda transforma las calles en un glacial, las preocupaciones aparecen como las Brujas de Macbeth: ¿en qué vas a trabajar? ¿qué vas a hacer si se te acaba la plata? ¿qué va a pasar si te enfermas? ¿qué pasa si se muere algún familiar tuyo?

Y así, un largo hilo que teje una bufanda que se transforma en una soga al cuello.

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Tras la lectura de Fisher, la idea de que no existe el futuro. Del agotamiento de los futuros. En octubre, la apertura de una posibilidad para reestructurar nuestra relación con lo político. Desde la entrada del coronavirus: nada. Un horizonte lleno de muertos y gente en sus casas.

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Dejar el día en un par de apuntes. Hablar solo junto a una muralla. No frente a un espejo: el mundo no necesita multiplicarse. Mejor hablar con la sombra y no con el reflejo.

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Si reseñara este álbum, diría que “uno de los temas sobresalientes del disco, la mezcla de psicodelia-con-americana ‘The All Golden’, suena como una canción de la época de la Guerra Civil para reunir a las tropas, cantada por un general fantasma acompañado por su orquesta de instrumentos celestiales del otro mundo”.

Comentario de Youtube.

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“Fue movida la noche. Donde dormíamos, el viento tiró chimeneas. Y dicen que se oyeron quejas en el aire, extraños gritos de muerte, profetizando, de manera terrible, grandes revueltas y sucesos confusos para este tiempo miserable. El búho cantó toda la noche. Y dicen que la tierra enfebrecida tembló” (Shakespeare, Macbeth, VII)

Ese es el diálogo que tiene Lennox con Macbeth justo después del asesinato del rey. La naturaleza, en la obra, parece operar como una especie de oráculo. Un hecho terrible desconfigura el orden del mundo y la realidad se vuelve extraña.

Un hombre paseando una virgen de yeso en un helicóptero en Rancagua. Dos pumas paseándose por el barrio alto de Santiago. Un ladronzuelo que intenta perpetrar un robo y termina con la mitad del rostro hecho lonjas por un disparo. Supuestos avistamientos de ovnis. Un contagiado que hace caso omiso de las advertencias médicas, se va a un bar, toma unas copas y de vuelta a casa choca su auto. Un terremoto en una islita rusa que pone a Chile en alerta por un posible tsunami.

Y así.

Las noticias van superponiéndose una tras otra de forma vertiginosa, sin más hilo de conducción que la desesperación o el caos o una súbita desconfiguración del software de lo Real.

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Llegó el otoño y para cuando llegue la primavera no podremos creer que llegó la primavera. Y diremos: ¿llegó la primavera?

Si es que estamos vivos, claro.

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Hace una lista de toda la basura de Internet necesaria para soportar el tedio.

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Ayer: Historias extraordinarias de Mariano Llinás. Películas en las que uno quisiera vivir.

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“La Naturaleza está muerta. Hace años que la liquidamos, la empaquetamos y la consumimos íntegra. El capitalismo llevó a la civilización hasta los bordes del planeta y más allá. Todo es artificial, nada funciona como debiera, «naturalmente». Los pájaros anidan en bolsas rotas y los osos comen nuestra basura. Hoy esperar que «la Naturaleza» recomponga su equilibrio es como esperar que el mercado se autorregule. A la vuelta de la esquina nos espera otra sequía, otro virus o una nueva crisis financiera” (Alejandro Galliano, acá)

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Descubrir, sin querer, una botella de pisco en la estantería donde el dueño del almacén coloca los artículos de aseo.

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Ver, antes de dormir, algunos episodios de What’s in your bag? Anotar los nombres de los discos que llamen la atención. Al otro día, levantarse y buscarlos en Youtube o en Soulseek. Escucharlos. Si están buenos, se guardan. Si no, se olvidan.

Repetir esto mientras dure el encierro.

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Lectura de Mi Emily Dickinson de Susan Howe. Escritura desordenada. No es el tipo de ensayo que me interesa. Lo mejor no son los textos de Howe si no que las citas que intercala.

Tragedia de un escritor: ser un excelente cazador de epígrafes y citas.

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Oscurece más temprano. Llegó el otoño. Se viene el frío.

Susto.

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Volver a las relaciones epistolares. Escribirle a los amigos. Saber cómo están. Recomendarse libros, películas, discos, basura de Internet, recetas o rutinas de ejercicio. Lo que sea.

lo robado

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Jay Leyda nos dice que Emily marcó este pasaje en la edición que tenía su familia de los ocho volúmenes de The Comedies, Histories, Tragedies, and Poems of William Shakespeare, editado por Charles Knight.

A quien es robado, sin desear lo robado,
Basta con no enterarlo, y no será robado.

(Otelo, III , iii)

Al forzar, abreviar, incorporar, rellenar, sustraer, resolver, interrogar, reescribir, extrajo un texto del texto.

En Mi Emily Dickinson (2010) de Susan Howe (trad. de Ana Rosa González)

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A las 7 de la tarde tenía muchas ideas para dejar acá. Son las 11 de la noche y me olvidé de todas.

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Children of Men (2006) de Alfonso Cuarón. ¿Cómo pasaron 14 años sin que nadie me la recomendara con entusiasmo?

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“Las biografías, al fin y al cabo, son literatura. Y en literatura lo que cuenta es el detalle, y la atmósfera, y el equilibrio justo entre ambos. El detalle preciso, que cree visibilidad, y la atmósfera evocadora y abarcadora, sin la cual los detalles serían un catálogo desarticulado. La atmósfera le permite al autor trabajar con fuerzas libres, sin funciones, con movimientos en un espacio que deja de ser éste o aquél, un espacio que logra anular la diferencia entre el escritor y lo escrito, el gran túnel múltiple a pleno sol… La atmósfera es la condición tridimensional del regionalismo, y el medio de la música. La música no interrumpe el tiempo. Todo lo contrario” (César Aira, Cecil Taylor).

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En los diarios de Piglia: “Encuentro con Borges. Sensación de estar frente a la literatura, o mejor, de ver funcionar una maravillosa máquina de hacer literatura”.

Recuerdo de la anécdota de Hegel y Napoleón con que Aira abre su libro de aforismos: ver pasar la Historia frente a tus ojos.

Pero, ¿cómo se tiene la certeza de que la Historia acontece frente a nuestros ojos? ¿No es esta pandemia una forma de irrupción de la Historia en la sucesión mansa de los días?

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Una escritura de la necesidad. Como el rapero que improvisa barras en la plaza antes de la pelea o el payador en su infinita producción de décimas. Una escritura cuya vitalidad sea la escritura misma y no su reificación. Una escritura, siguiendo a Tabarovsky, contra la Literatura en su sentido más detestable: el mercado, la satisfacción de un público. Escribir para nadie. El diario como una escritura de izquierda. No la autoficción ramplona de los nacidos en los 90, sino más la revitalización de la bitácora del que naufraga en el Tiempo, este Tiempo.

Un barco hecho de tablas, llantas reventadas y calaminas para surcar el foso del día a día.

O nada. Escribir porque sí y punto.