el anti borges

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A Walsh lo han llamado “el anti-Borges”. Qué rara coincidencia. Al joven Büchner (apenas con su magistral fragmento Lenz, con su Woyzeck, con su Leonce y Lena, con su Muerte de Danton) lo califican “el anti-Jünger” (y a éste, el “Borges alemán”). Büchner era —como Walsh— un agitador. Walsh era, como Büchner, un contrabandista de la literatura. Büchner era un comunista precoz. Walsh, un revolucionario latinoamericano consecuente y sin prisa. Ernst Jünger (el Borges alemán [o Borges, el Jünger argentino]) ha sido denominado no sin cierta ternura en un seminario cumbre de Berlín un fascista noble de frialdad de frialdad proporcionada, donde el calificativo de fascista no fue pensado en peyorativo sino como categoría de pensamiento. Tal vez para evitar confusiones, el sociólogo Oskar Negt se apresuró a corregir aquel título por el de un antidemócrata constitucional. De cualquier manera, Jünger (el Borges alemán) ha construido los fuertes pilares del edificio teórico de la revolución conservadora. Un pionero, ¿Walsh, el anti-Borges? Tal vez una definición excesivamente ampulosa, un poco para asustar al descuidado. O más bien una búsqueda desesperada de congruencia entre los conceptos de moral, estética y política. Walsh es siempre joven, impetuoso. Vuelo y profundidad. En su conversación con el lector pobre de novelas policiales hay genio, tragedia, misterio, ansia. (¿Qué es literatura, acaso?)

Osvaldo Bayer en el prólogo de Operación Masacre (1957) de Rodolfo Walsh.

tanto tiempo esperamos esto

A un pueblo que le prohibieron los carnavales / le urge probar los frutos de la revuelta.

Noches de caras iluminadas (2019) de Felipe Rodríguez Cerda

el enemigo invisible

Sebastián Piñera, al hablar rodeado de militares en la noche del domingo. (@elmostrador)

“Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie y que está dispuesto a usar la violencia y la delincuencia sin ningún límite, que está dispuesto a quemar nuestros hospitales, el metro, los supermercados, con el único propósito de producir el mayor daño posible”.

Sebastián Piñera en cadena nacional. Domingo 19 de octubre de 2019.

* * *

¡Ah! ¡Qué noche! ¡Qué noche! Y sin embargo me parece que debería alegrarme. Leí hasta la una de la madrugada. Hermann Herestauss, doctor en filosofía y en teogonía, ha escrito la historia y las manifestaciones de todos los seres invisibles que merodean alrededor del hombre o han sido soñados por él. Describe sus orígenes, sus dominios y sus poderes. Pero ninguno de ellos se parece al que me domina. Se diría que el hombre, desde que pudo pensar, presintió y temió la presencia de un ser nuevo más fuerte que él —su sucesor en el mundo— y que como no pudo prever la naturaleza de este amo, creó, en medio de su terror, todo ese mundo fantástico de seres ocultos y de fantasmas misteriosos surgidos del miedo.

En El Horla de Guy de Maupassant.

reporte desde Talca

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UNO.

Estuve cinco años leyendo a tanto profesional del paper, tanta densidad teórico pichulera -en el decir de Geisse-,vi a tanto dirigente universitario engrupido, con el cerebro lleno de hongos hablando de vanguardias inexistentes. Nadie vio esto. Nadie vio lo que vimos ayer en la calle: el saqueo a la farmacia, las barricadas en las esquinas, el Banco Chile en llamas, los pacos que no dieron abasto. El lumpen feliz, “¿quieren agüita, cabros?”, “¡somos terrible’ peligrosooh siii!”, etc. Nadie. Y mañana no sabemos qué chucha va a pasar. Estamos en medio de una tormenta de especulación. Y ahora mismo, el único que me aparece brillante y luminoso, a pesar de que al final se transformó en un viejo amargado y medio reaccionario, es Bolaño, cuando escribió: “Los burgueses y los pequeño burgueses se la pasan en fiesta. Todos los fines de semana tienen una. El proletariado no tiene fiesta. Sólo funerales con ritmo. Eso va a cambiar. Los explotados tendrán una gran fiesta. Memoria y guillotinas. Intuirla, actuarla ciertas noches, inventarle aristas y rincones húmedos, es como acariciar los ojos ácidos del nuevo espíritu”.

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DOS.

La tarde de ayer en Talca fue dura. Durísima. Me crié en la región del Maule, conocida, entre otras cosas, por su implacable conservadurismo. Ayer vimos fuego, barricadas, saqueos por doquier. Los niños-lumpen tuvieron su fiesta: aprovecharon el caos para tomarse el centro de la ciudad, ese centro-del-consumo que suele expulsarlos o asimilarlos sólo en funciones menores: aparcando autos o pidiendo limosna en calidad de zombies-pastabaseros. Esta vez llegaron al centro dispuestos a todo. No quiero excusarlos, pero nadie puede negar que tras años y años de lanzarlos a las periferias como seres indeseables sólo engendra rabia y desprecio por la paz social que nosotros construimos a punta de endeudamiento, carreras universitarias poco rentables, deudas infames para tener un título universitario. Etcétera. Esa paz social, ese contrato espurio, fue el que ayer terminó de calcinarse en las barricadas de la calle 1 sur.

La marcha comenzó a las 4 de la tarde. No podría calcular cuánta gente había. Al ojo, éramos una congregación de por lo menos 6 cuadras. Al voleo, escuché a un hombre mayor decirle a alguien por celular que no había visto algo así desde que sacaron a Pinochet. Una hermosa culebra de río que avanzó por las calles céntricas de esta ciuda-intermedia al son de “El pueblo unido jamás será vencido” y “paco entiende, no somos delincuentes / el único que roba es el presidente”. Todo estaba en perfecta normalidad hasta la Plaza de Armas. Ahí comenzó la lluvia de bombas lacrimógenas, los intentos infructuosos por apagarlas. ¿Hubo provocación? Pues claro. La hubo y Carabineros actuó como mejor sabe hacerlo: con violencia. Porque, por favor, hay un abismo enorme entre una masa de personas que, a lo sumo, pueden lanzar piedras, y una tropa de policías armados con chalecos antibalas, escudos, lumas, etcétera.

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Ahí comenzó todo. Con la repre vino la euforia. Se levantaron enormes barricadas en la calle 1 sur. En un momento apareció un carro de bomberos porque la nube de humo era tenebrosa. Fueron amablemente invitados a alejarse del lugar. Y lo hicieron. La marcha avanzó y las barricadas siguieron, en una especie de ping-pong entre la poli y los que estábamos en la calle. Retrocedíamos desde la plaza hacia el sector oriente, siempre por l 1 sur. La ex calle comercio. La calle de los retail. Las calles que, luego del terremoto, se transformaron en la vitrina de la gran empresa: Banco Estado, Banco Santander, Falabella, La Polar, Almacenes París, Entel, Claro, WOM. El niño-lumpen sabía, y lo sabíamos nosotros también, que el daño era menor. Pero también había otro grupo de chicos que sabía, y resultó ser así, que la prensa ocuparía esas vitrinas rotas como excusa para llamar a los militares a la calle y ponerle nombre a este huracán que todavía no somos capaces de procesar.

El día de ayer fue la fiesta de la periferia. Y no me extraña para nada. La clase media endeudada llena los centros comerciales los fines de semana. Las clases populares, sin acceso a crédito, probablemente miraron durante años la fiesta insípida de La Clase Media Chilena. Ayer, la clase media estaba en casa, recibiendo Whatsapps alarmistas, muerta de miedo, recibiendo un lavado de cerebro magistral a través de las noticias. Mi madre, a las 11 de la noche, me dijo que comprara cosas para comer porque se venía el desabastecimiento. Mi hermano chico, de 12, me dijo que estaba viendo películas porque las noticias lo estresaban y lo ponían nervioso.

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TRES.

Anoche, en cadena nacional, Sebastián Piñera dijo que estábamos en guerra. Que el enemigo estaba organizado y era implacable. Yo estuve en la calle y les puedo decir que el único enemigo, que por cierto carecía de absoluta organización, son las clases populares que olvidaron en sus villas-miseria, en esos blocs miserables rodeados de eriazos y basurales. El enemigo, si es que existe, es lo que ellos mismos crearon mientras se llenaban los bolsillos de plata.

Hoy, los supermercados están cerrados. Los almacenes de barrio siguen funcionando normalmente. Mi vecino, sin ir más lejos, se levanta a las seis de la mañana a preparar pan. A las nueve abre el negocio. Tiene alcohol -que nos sirve para aplacar los nervios y suspirar tranquilos después del caos del día-, verduras, abarrotes y otros insumos de primera necesidad. Eso no debería cambiar, a menos que, maquineados por la derecha, los almacenes comiencen a guardar alimentos para provocar la sensación de escasez que nuestros abuelos experimentaron durante la Unidad Popular.

CUATRO.

No estamos en guerra. Acá la única guerra es la del Presidente y sus primos, esa tropa de ricos oligofrénicos, gente sin calle y sin sangre, a las que nuestros vecinos, nuestros familiares, eligieron para malgobernar un país profundamente desigual y esquizofrénico. Pero nos vamos a cuidar. Porque somos más. No vamos a tranzar. Porque no se tranza con criminales. Y Sebastián Piñera, Andrés Chadwick, Karla Rubilar, sus partidarios, los periodistas de las grandes cadenas televisivas que orquestan esta serenata cruel, son eso y nada más: criminales.

 

Talca. 21 de octubre de 2019.

ENTRE ARENGAS E HIMNOS DE ELECTRODOMÉSTICOS

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Llueve y suena como una tele mal sintonizada. Truena, pero son reguetones o tubos de escape de autos tuneados. Hay nostálgicos que fantasean con la lengua limpia del liceo. Con una realidad pura, sin la contaminación de los pixeles y los bits. La gramática aprendida a reglazos, «de un orden pedagógicamente brutal». En el Barrio Alto del lenguaje, las palabras están limpias. Ponen orden y son claras. «Vamos a decir las cosas por su nombre», se dice, como si los nombres pre-existieran a las cosas. En el borde de esos barrios, con su gramática de graffiti y su mácula de gueto verbal, la palabra muchas veces no dice otra cosa que su propia incapacidad para comunicar. Se recurre, por ejemplo, a la tautología. «El tipo era feo, feo, feo», se escucha en una conversación callejera y esa repetición confirma que el adjetivo solo no dice nada y es necesario reiterarlo. Pablo de Rokha, genuino conocedor del libro de arena del habla popular, sabía de estas cosas cuando escribía: «aun le siguen las buenas personas trascendentales con un LEVITIÓN fúnebre, fúnebre y una amarilla, amarilla, amarilla, amarilla CORONA de padecimientos oblicuos, sujetándose la lengua que les duele cual enfermedad venérea».

En Arte poética, Felipe Rodríguez escribe: «Respira, pierde la fe / Y comienza a / Seleccionar palabras / Como a paltas / en la feria por la mañana / para decir el desenfreno / con la sutileza de la caída felina». Las mayúsculas al comienzo de los versos, como martillazos –Carrasco dixit— y la imagen de la feria con las paltas, peligrosa mercancía en la antesala de las sequías totales, definen, pienso, las claves para leer Estela de cóndores fosforescentes. Por un lado, las orejas como el input de este software defectuoso que es la escritura poética, lista para despachar versos como síntesis del nuevo lenguaje de la tribu, que es la tribu híbrida del descampado neoliberal. En el poema que abre el libro, leemos: «Envuelto con una capa de cisnes de acrílico // me muevo por los pasajes internos de la tremenda población, // Yo sé dónde sacar la merca,    (la simbología de los papelillos) / Acá se habla con las zapatillas / y la dirección de la mirada». El que escribe parece apropiarse de esas voces, no para representarlas sino para performar un tipo de habla. Como el que tantea la palta precisa para el pan de la mañana, los versos acuñan aquellas palabras maduras –las que cayeron del árbol para ser devoradas—, dándole una nueva vida en el poema.

Vale la pena colocar esta obra junto a otros que han buscado en el habla de nuestro castellano mestizo el material de sus textos. Pienso, muy a vuelo de pájaro y sin intención taxonómica –nombro lo que tengo a mano en mi modesto historial de lecturas—, en Yenny Díaz Wentén y Américo Reyes, que a su manera y con diferente intensidad o profundidad, pesquisan los giros del slang local –en Black Waters City, de Reyes— o cierta cadencia campesina –en Animitas, de Wentén—para configurar sus poéticas. La particularidad de estos poemas, pienso, y puede que tenga relación con una cuestión generacional, está en la absorción de las jergas propias de la cultura de internet y el modo en que salpica o derechamente infecta el habla. En la segunda parte del libro, “Outrun (La huida de los cóndores fosforescentes”, Felipe Rodríguez toma prestadas las imágenes de un antiguo videojuego –al que cualquier joven o niño de los 90 podía acceder en sus flípers más cercanos— para mezclarlas, no sin cierto matiz delirante, con las hablas populares antes descritos: «Qué tráiler es ver por el retrovisor / Desplomarse la población Mardones detrás de nosotros».

Vale la pena detenerse en la imagen del espejo retrovisor: la inserción de los videojuegos, los guiños al vaporwave –ese género de música que Grafton Tanner definió como la música espectral del mall infinito— y a la mercancía y sus formas como metonimia de la realidad –«El territorio era la etiqueta de una Kem Piña»—, funcionan como síntoma de una época que ha transformado la melancolía en bien transable en el mercado. O al menos eso pienso, irresponsablemente. Ante el panorama de los futuros cancelados y la realidad mediada por distintas extensiones –la cita-tinder, la realidad-facebook, etcétera—, el poema encuentra su espacio –o su vacío— en el muzak del habla.

Uno de los antiguos problemas de la poesía –y aquí me cuelgo de mi lectura reciente de El poema como pensamiento de Mario Montalbetti, que a su vez parte de Baidou, que a su vez parte de Platón, etcétera, etcétera— refería con la idea de simulacro: la realidad era la imagen de la idea y, por lo tanto, la poesía sólo podía dar cuenta de un simulacro, volviéndose el simulacro de un simulacro. Estela de cóndores fosforescentes, pienso, le agrega una capa de sedimento a esa simulación, tanteando las orillas de las monumentales costras de nuestro habla cotidiano, graffiteado y lleno de injertos. Un libro, entonces, armado como ese monstruo fascinante que pensó Shinya Tsukamoto en Tetsuo: un organismo vivo que crece entre los escombros de ese enorme basural que es nuestra época.

ADENDA: SOBRE EL CANTO DE CÓNDORES FOSFORESCENTES

Aunque por ahora sólo existe en formato digital, Felipe Rodríguez compuso, en paralelo al libro, una breve e interesantísima pieza de ruidismo intitulado –cómo no— Cantos de cóndores fosforescentes. Deudor de las incursiones vanguardistas del collage sonoro, pienso que vale la pena detenerse un momento en estos 17 minutos hipnagógicos y leerlos, por qué no, a la luz de los poemas arriba reseñados, como una extensión de los mismos.

17 minutos, decía, con loops y samples tomados de programas de televisión noventeros, ruido blanco, voces que se utilizan hasta deformarlas, transformándolas en mantras extraños y sórdidos, como si de pronto la mercancía y su banda sonora –los jingles, etcétera— se nos revelaran monstruosos. La banalidad del muzak, el sonido ambiente de este mall eterno que es el siglo XXI, devenido en danza macabra. El soundtrack de las pesadillas de los electrodomésticos y celulares que reposan en los escaparates, esperando el día para ser deseados.

mi corazón es un libro abierto

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Y debo decir que entonces, Bolaño regresaba a Chile con sangre en el ojo, o más bien, con cierta sospecha de forastero letrado que había perdido la conexión de suspicacia local para entender los embates políticos y culturales que se daban cita en aquel escenario de la democracia en 1999.

Y era tan difícil reconstruir la década del exterminio, como también los tiempos filudos de la batalla ochentera para un nuevo amigo que volvía luego de años. Bolaño llegaba después de la tormenta y todo le merecía duda, todo rojo tenía olor a desencanto.

Por ese tiempo Gladys Marín me dijo: oye, Pedro, supe que vas a estar en la Feria del Libro con ese escritor famoso que la gente nombra tanto. Debe ser interesante. Sabes que voy a ir a verte para conocerlo. Y si ella era mi linda amiga comunista hasta morir y si él era Roberto Bolaño, el agudo escritor que había sido tan generoso en sus comentarios con esta diosa punga, ¿cuál era el problema? Por supuesto, nena, ahí te lo presento, le dije a Gladys, ocupada como siempre en dar la pelea por las causas pendientes en la acuartelada democracia.

Y aquel día, el hall del gran anfiteatro de la Feria del Libro estaba repleto, no cabía una aguja y un vapor humano nublaba el aire atestado de público expectante, esperando que con Bolaño tuviéramos una charla magistral. A la entrada, mucha gente hacía fila para ingresar, y cuando se abrió la puerta, la ola expansiva ocupó todos los asientos. Está lleno, me dijo alguien en el camarín, mientras me maquillaba las ojeras del trasnoche. Ya llegó Roberto y está esperando, me apuraban insistentes, al tiempo que me calzaba los tacos políticos, como le decían a mis zapatos las amigas maricas. En un suspiro estuve lista y salimos con Roberto al escenario donde nos recibió una marea inquieta. Nos sentamos en la mesa sin ninguna pauta. Ahí se nos ocurriría, ahí le daríamos a la lengua hasta sacarle chispas. En esas estábamos, tratando de hilvanar un diálogo, cuando veo en el público a Gladys. Y por supuesto que siempre donde estaba ella era imposible no verla. Gladys llegaba saludando, con comitiva, con amigos, como rock star. Una reina de la rebeldía, era difícil no ver ese rostro tatuado en la memoria del país. Por eso y porque me dio una profunda emoción verla allí, la saludé desde el escenario y ella respondió tirándome una cascada de besos. Algunos aplausos, algún grito de: «grande Gladys» en la galería, y ella sonreía y sonreía en toda la extensión de su roja presencia. Fue solo eso, un minuto, nada más, y al volver la mirada hacia Bolaño, vi su cara descompuesta como si hubiera visto al demonio, estaba iracundo, conteniendo la indignación. Yo traté de entablar una conversa para suavizar la tensión, pero no pasaba nada, no había tema. Yo decía algo y él contestaba otra cosa. A todo lo que le preguntaba respondía con evasivas y una mueca socarrona de aburrimiento. Por último, y para salvar el impás, opté por leer un texto que él escuchó con desgano. Yo respiré hondo cuando terminó el asunto. Roberto casi no esperó que finalizaran los aplausos y bajó a mi lado hecho una fiera refunfuñando: esto es una encerrona. ¿Qué hace aquí esta mujer comunista? Es mi amiga, ¿qué te pasa?, ¿qué onda? Casi no lo podía contener cuando salimos por las escaleras y con quien se encontraba le repetía: esto es una emboscada, esa mujer estalinista. ¿Qué onda?, no sabes lo que ella ha sufrido, la persiguieron, le desaparecieron al marido. Pero en verdad… estuviste lejos, no tienes porqué saberlo. Ni siquiera me dio para despedirme de él y fui donde Gladys para saludarla. Parece que tu amigo está enojado, me dijo ella con sus grandes ojos pardos. No sé qué le habrá ocurrido, se siente un poco mal, mentí para no herir el ya herido corazón de mi Gladys.

Creo que nunca más volví a juntarme con Bolaño desde esa noche, alguna vez hablamos por teléfono, otra vez iba en un taxi por plaza Italia y me invitó a subir, pero también le mentí diciendo que tenía una cita. Eso fue todo, al parecer el mundo literario es como una iglesia mormona demasiado enroscada en la trascendencia de sus mezquinas letras. Y el mundo popular, en su sobrevivencia, sabe poco de libros. Mi padre, obrero, panadero y allendista, nunca leyó un libro, y eso no lo desacredita como gran persona. Nunca entendí bien la reacción de Bolaño esa noche, pero ese hecho marcó para siempre nuestra afectuosa relación. Él se fue a España y yo me quedé junto a Gladys en su continua lucha callejera. Jamás me arrepentiré de haberla elegido, mi corazón no es un libro abierto. Más bien se parece al cartel ajado donde impunemente se amohosan los rostros de la desaparición.

En Mi amiga Gladys (2016) de Pedro Lemebel.