el fin de la radio

¿Está prendido esto?
¿me escuchan?

Oh dios
¿está encendido esto?
probando probando probando probando probando
¿me escuchan?
nos acercamos al fin de la programación
esta mi transmisión de despedida
se acaba el programa, señor y señora américa, los barcos zarparon
alguien dentro del sonido de mi voz
tengo cincuenta mil watts de poder
quiero ionizar el aire
este micrófono transforma el sonido en electricidad
¿me escuchan?
fuera de la ruta uno veintiocho, la oscura y solitaria
¿tienen mi radio encendida?
¿me escuchan?

¿me escuchan?
¿me escuchan?
¿me escuchan?
es el fin de la radio

ese redoble de tambores
significa que tenemos un ganador
si eres el quinto en llamar, o el que sea
bienvenido a mi top diez
me gustaría agradecer a nuestro auspiciador
no tenemos auspiciador
no, si fueras el último hombre en la tierra
ella estaba preparada para probarlo
esta va para una chica especial
no hay chica especial
este es el fin de la radio
el último locutor toca el último disco
el último watt deja el transmisor
y cruza la tierra buscando un auditor

¿me escuchan?
¿me escuchan?
¿me escuchan?

¿hay transmisión si no hay nadie que escuche?
es el fin de la radio
nos acercamos al fin de la programación
tengo mi radio prendida

esta es una prueba
si esto fuera una verdadera emergencia
¡hey! ¡hey!
esta es una puta emergencia

“The end of the radio” de Shellac, letra de Steve Albini. En Excellent Italian Greyhound (2007). Traducción propia.

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ismael velázquez juárez

¿Qué hacer cuando la inspiración poética llega, pero en lugar de tener el aspecto de un caballo azul más bien parece un bicho sacado de la película The Hills Have Eyes? Para Ismael Velázquez Juárez la respuesta es obvia: hay que invitarle una taza de té y conversar con ella. Si después uno se percata […]

a través de Inéditos: Poemas de Ismael Velázquez Juárez — JÁMPSTER

mariana

La cultura pop se rebalsa y comienza a citarse a sí misma, fagocito su propio pasado y lo devuelve en forma de epígrafe, cita o meme. Extiende su territorio hacia otros reinos. El trabajo de Mariana Riquelme es, a su manera, una cartografía de ese movimiento. Tiende puentes hacia la alta cultura, pero puentes en ruinas que hay que atravesar caminando: meter las patas al barro, conocer el paisaje o bien quedarse de un lado y mirar al otro con cierta añoranza. Un viaje a través de ese paisaje: un embutido de referencias, una chanfaina de citas, un diario fragmentado, una extensión de la memoria, diseminada en boletos de buces, fotografías, postales, el I-Ching. Un mal de diógenes sublimado en pequeños objetos de arte.

Pueden verlo acá: http://marianariquelme.tumblr.com/

elefantes

Resultado de imagen para elefante grabado

Subió arriba, cerró la puerta con llave. Fue hasta su mesita de luz, sacó la latita de marihuana, armó un porro y lo fumó mirando Animal Planet, un programa sobre elefantes asesinos.  Habitualmente tomados por tranquilos y pasivos, los elefantes indios domesticados cada tanto leen un mal gesto, tienen dolor de muelas, intuyen un peligro. «O simplemente se harta de los humanos», como explicaba el dueño de un circo norteamericano cuyo elefante mató de un colmillazo y luego aplastó a patadas a su domador en plena función. Luego, el animal había escapado para matar a otras dos personas y causar considerable daño a la propiedad pública y privada, antes de morir acribillado por la policía. Hasta los elefantes más pacíficos adorados en los templos de la India, cada tanto tienen su ataque y matan a su mahut. El de mahut o cuidador de elefantes es uno de los oficios más estresantes del mundo, y casi todos los mahuts son alcohólicos. Los elefantes de la selva también son temidos por la gente: en Mal Bazaar, Bengala Occidental, hay algunos que tienen más de treinta muertos en su cuenta y los nativos les han puesto nombres individuales. Les conocen costumbres y zonas de aparición, y evitan encontrarse con ellos. Sin embargo los elefantes asesinos a veces bajan a las aldeas. Según coinciden varios testimonios, «son animales muy silenciosos y se acercan sin hacer ruido». Tocan la puerta y, cuando se les abre, golpean al incauto con la trompa. Una trompa movida por tres mil músculos y empujada por cinco toneladas de peso.

En Bajo este sol tremendo (2008) de Carlos Busqued.