Candyman (Nia DaCosta – 2021)

#400Peliculas

Desde tiempos inmemoriales, los proyectos residenciales del barrio de Cabrini Green en Chicago se han visto amenazados por la historia de un supuesto asesino en serie con un gancho por mano al que se invoca fácilmente repitiendo su nombre cinco veces frente a un espejo. Hoy, una década después de que la última torre de Cabrini fuese derruída, el artista visual Anthony McCoy (Yahya Abdul-Mateen) y su novia Brianna Cartwright (Teyonah Parris), se mudan a un apartamento de lujo de un barrio ahora irreconocible, repleto de millennials y de personas que, por lo general, desconocen su oscuro pasado. (PEL)(SUB)

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yo soy como las plantas

Yo soy como las plantas o los árboles
que nunca han sabido quienes son
y echan flores o espinas
o atrapan insectos
ellos están ahí simplemente
como yo en mi tierra
y no les interesa ser astronautas
ni andar apretujados en los metros
o en los autobuses de las grandes urbes
por las noches
albergan a los pájaros
o contemplan humildes el universo
recibiendo amorosamente el rocío de la madrugada
cuando mueren regresan al vientre materno
para nacer de nuevo
en cualquier forma
es bueno ser planta o árbol
porque de ellos será el reino de los cielos

Yo soy como los plantas. Poema de Sergio Hernández

las casas son ataúdes

Foto: Orilla de Maule, San Javier. Invierno 2021

Tengo que salir con vida, con toda la vida, repetía, pero ¿por qué lo piensas tanto, Eloy? Lo malo es estar encerrado en esto, esto es un cajón, las casas son ataúdes, decía bajito, casi con miedo, Dios no hizo las casas, sólo las tierras solas, los bosques, las montañas y los ríos, el hombre tiene miedo y se encierra en estas cajas.

En Eloy (1967) de Carlos Droguett

poesía china

Un especialista de la poesía china, el suizo Jean-François Billeter, muestra que hay una contradicción fundamental en la poesía china –en particular, la poesíadel siglo VI y VII– que está vinculada con los tiempos verbales. Porque en chino los verbos no tienen tiempo. Siempre están en infinitivo, mientras que esos poemas están organizados a partir de diferentes temporalidades: se refieren al pasado, se sitúan en el presente y se piensan en el futuro. Y esa tensión es sumamente difícil de reproducir en los idiomas que tienen a la vez infinitivos y tiempos verbales. ¿Hay que traducir con el infinitivo, a riesgo de perder las temporalidades poéticas? ¿Hay que traducir con verbos que tienen tiempo –imperfecto, futuro, presente– a riesgo de perder la estructura del idioma que se está traduciendo, o sea el chino? Esta es una primera reflexión sobre lo intraducible. Su respuesta consiste en mostrar que, efectivamente, al acercarse con el saber de las temporalidades que están en el poema, podemos, si no traducirlo, al menos dar una idea de lo que podría ser una traducción.

En ¿Qué es un libro? (2018) de Roger Chartier y José Emilio Burucúa

new york

Fotografía: Camilo José Vergara

Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato;
debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero;
debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas. Lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría.
Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
Yo he venido para ver la turbia sangre.
La sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos,
que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros
en las alucinantes cacerías,
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas,
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones,
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, orinando, volando, en su pureza
como los niños de las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
No es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados
y distancias inasibles
en la patita de ese gato
quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
Óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas
por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer? ¿Ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera
y bocanadas de sangre?
San Ignacio de Loyola
asesinó un pequeño conejo
y todavía sus labios gimen
por las torres de las iglesias.
No, no, no, no; yo denuncio.
Yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido
por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.

En Poeta en Nueva York (1940) de Federico García Lorca

perder los ojos

Detalle de Blind woman (1916), fotografía de Paul Strand

En cambio, la experiencia psicoanalítica nos recuerda que herirse los ojos o perder la vista es un motivo de terrible angustia infantil. Este temor persiste en muchos adultos, a quienes ninguna mutilación espanta tanto como la de los ojos. ¿Acaso no se tiene la costumbre de decir que se cuida algo como un ojo de la cara?. El estudio de los sueños, de las fantasías y de los mitos nos enseña, además, que el temor por la pérdida de los ojos, el miedo a quedar ciego, es un sustituto frecuente de la angustia de castración. También el castigo que se impone Edipo, el mítico criminal, al enceguecerse, no es más que una castración atenuada, pena ésta que de acuerdo con la ley del talión sería la única adecuada a su crimen. Colocándose en un punto de vista racionalista, podría tratarse de negar que el temor por los ojos esté relacionado con la angustia de castración: se encontrará entonces perfectamente comprensible que un órgano tan precioso como el ojo sea protegido con una ansiedad correspondiente, ya hasta se podrá afirmar que tampoco tras la angustia de castración se esconde ningún secreto profundo, ninguna significación distinta de la mutilación en sí.

En Lo ominoso (1919) de Sigmund Freud

gracias a dios en ruinas

Giovanni Paolo Panini Roman Ruins with Figures about 1730 Oil on canvas, 49.5 x 63.5 cm Bequeathed by Lt.-Col. J.H. Ollney, 1837 NG138 https://www.nationalgallery.org.uk/paintings/NG138

Verlo desmoronarse un poco cada año, los muros y los arcos cubiertos de verde, los corredores abiertos al día, las galerías llenas de maleza, los arbolillos que crecen en el parapeto destrozado y dan fruto (producto casual de las semillas que dejan caer los pájaros que anidan en grietas y huecos); ver la arena llena de tierra y la pacífica cruz plantada en el centro; subir a las gradas superiores y mirar hacia abajo y ver ruinas, ruinas y más ruinas por todas partes: los arcos de Constantino, Septimio Severo y Tito, el foro romano, el palacio de los césares, los templos desmoronados de la religión antigua, es ver el espectro de la antigua Roma, vieja ciudad maravillosa y malvada, rondando en el mismo lugar que pisaron sus habitantes. Es el espectáculo más impresionante, majestuoso, solemne, grandioso, mayestático y triste que pueda imaginarse. Jamás en su apogeo más sanguinario, puede la vista del gigantesco Coliseo, lleno a rebosar de la vida más lozana, haber conmovido un corazón como tiene que conmover el de todo el que lo contempla ahora, en ruinas. ¡Gracias a Dios en ruinas!

En Estampas de Italia (1846) de Charles Dickens

cetáceos inexplicables

Fuente: https://mapio.net/pic/p-13936168/

Las ruinas del recinto portuario, de lo que pretendió ser puerto marítimo, nos impresionaba como una obra fabulosa. Allí estaban los molos desafiando al mar hasta que lo obligaron a retirarse, los bloques de cemento, abandonados como cetáceos inexplicables, mientras el aire salino los mordía con hambre. Unas grúas o máquinas inmensas se levantaban aún para mirar In desolación, pero prontas para reiniciar las tareas, en una espera que se prolongaba eternamente. Toda esa faena y esas máquinas eran las causantes de la destrucción de muchas hermosas rocas, y de todo el ambiente paisajístico y natural que tanto celebraron los pintores, escritores y artistas de otros tiempos.

En ¿Quién soy? (1977) de Francisco Mesa Seco.