agua

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Fotografía: Chiloé, verano del 2014. Archivo personal.

¿Qué admiraba en el agua Bloom, amante del agua, sacador de agua, aguador, al volver al fogón?

Su universalidad: su igualdad democrática y la constancia de su naturaleza al buscar su propio nivel: su inmensidad en el océano de la proyección de Mercator: su no sondada profundidad de la fosa de Sundam en el Pacífico que sobrepasa las 8.000 brazas: la agitación de sus olas y las partículas de la superficie visitando uno tras otro todos los puntos del litoral: la independencia de sus unidades: la variabilidad de las condiciones del mar: su quiescencia hidrostática en calma: su turgencia hidrocinética en mareas muertas y en mareas vivas: su quietud tras la devastación: su esterilidad en los casquetes circumpolares, ártico y antártico: su trascendencia climática y comercial: su preponderancia de 3 a 1 sobre la tierra firme del globo: su indisputable hegemonía que se manifiesta en leguas cuadradas sobre todas la regiones por debajo del trópico subecuatonal de Capricomio: la estabilidad multisecular de su prístina cuenca pelágica: su luteoleonado fondo: su capacidad para disolver y retener en solución todas las sustancias solubles incluyendo millones de toneladas de los más preciados metales: su lenta erosión de penínsulas e islas, su persistente formación de islas homotéticas, penínsulas y promontorios descendienteinclinados: sus depósitos aluviales: su peso y volumen y densidad: su imperturbabilidad en lagunas y pequeños lagos de montaña: su gradación de colores en zonas tórridas y templadas y frías: sus ramificaciones vehiculares en corrientes continentales conteniendo lagos y ríos confluyentes y oceanofluyentes con sus tributarios y comentes transoceánicas, comente del golfo, trayectoria norte y sur ecuatoriales: su violencia en maremotos, trombas marinas, pozos artesianos, erupciones, torrentes, contracorrientes, aluviones, crecidas, mar de fondo, cuencas, líneas divisorias de las aguas, géiseres, cataratas, remolinos, vórtices, inundaciones, diluvios, chaparrones: su inmensa curva ahonzontal circunterrestre: su recondidez en las fuentes y latente humedad, puesta de manifiesto por instrumentos divinatorios e higrométricos e ilustrada por el pozo junto al agujero en el muro de Ashtown Gate, la saturación del aire, la destilación del rocío: la simplicidad de su composición, dos partes componentes de hidrógeno con una parte componente de oxígeno: sus virtudes curativas: su flotabilidad en las aguas del Mar Muerto: su penetrabilidad perseverante en arroyadas, barrancos, diques inadecuados, vías de agua en barcos: sus propiedades para limpiar, para apagar la sed y el fuego, alimentar la vegetación: su infalibilidad como paradigma y parangón: su metamorfosis como vapor, niebla, nube, lluvia, cellisca, nieve, granizo: su fuerza en mangueras rígidas: su variedad de formas en rías y bahías y en golfos y ensenadas y en estrechos y lagunas y en atolones y archipiélagos y en istmos y fiordos y canales y estuarios y ‘brazos de mar: su solidez en glaciares, icebergs, témpanos de hielo: su docilidad en mover ruedas de molino hidráulicas, turbinas, dinamos, centrales eléctricas, tintorerías, curtidurías, agramaderías: su utilidad en canales, ríos, si navegables, en diques flotantes y de carena: su potencialidad derivable de mareas aprovechadas o corrientes de agua cayendo de altura en altura: su fauna y flora submarinas (anacústica y fotofobia), numéricamente, si
no literalmente, los habitantes del globo: su ubicuidad en cuanto que constituye el 90% del cuerpo humano: la nocividad de sus efluvios en marismas lacustres, ciénagas pestilentes, agua de flores estropeada, estanques estancados en luna menguante.

En Ulises (1922) de James Joyce.

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Leo en informe sobre el avance del COVID-19 en Chile: «Con la laxitud observada en las cuarentenas y las tasas de contagio que tenemos hoy, el escenario más probable es que enfrentaremos varias semanas con miles de muertos, mientras la epidemia seguirá enseñoreándose de las grandes ciudades, desatando una crisis humanitaria inédita en la historia del país. Para salvar las miles de vidas que están en peligro inminente, debemos actuar hoy mismo con audacia y determinación.»

* * *

Vas a cumplir los 30 y el país que te aloja se está transformando en un gran cementerio.

* * *

Una semana en San Javier cuidando a B. La sensación, al dejar de ver noticias, de que renuncias a la realidad o que la realidad renuncia a ti.

* * *

CM me cuenta que la universidad donde trabaja está desarrollando un plan de teletrabajo que se proyecta hasta el 2030. Días atrás, tuvo una reunión vía Zoom donde les dieron algunos tips para hacer clases online.

«Cuando terminó la reunión bajé a abrazar a mi hijo y le dije que iba a tener que ser valiente para soportar todo lo que se viene», me dijo.

* * *

Una vida que es una acumulación de escenas vistas a través de una pantalla.

* * *

Todos tenemos la razón y todos estamos equivocados.

* * *

«Todos los soles se esfuerzan en encender tu llama y un microbio la extingue» (Antonio Porchia).

 

y el caballo lo miraba

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Un chico juega en un potrero con una pelota de trapo. «Frágil como un volantín», dice Víctor Jara. La imagen latinoamericana del niño como cifra de la misericordia: los niños que corren por Valparaíso en las películas de Aldo Francia, los «Piececitos de niño,/ azulosos de frío» de Gabriela Mistral, el niño huacho que describe Gabriel Salazar.

«El caballo lo miraba», dice Víctor Jara.

Un caballo que mira a un niño jugando.

* * *

Turín. 1899. Una imagen para cerrar un siglo: Nietzsche se abraza a un caballo y murmulla «Mutter ich bin dumm» (Madre, soy tonto).

El caballo lo miraba.

Un caballo que mira a un filósofo perder la razón.

Un caballo y un hombre que vuelve a ser niño.

«Lo increíble es que la escena es una repetición literal de una situación de Crimen y castigo (Capítulo 5 de la parte 1) en la parte en que Raskólnikov sueña con unos campesinos borrachos que golpean un caballo hasta matarlo. Dominado por la compasión, Raskólnikov se abraza al cuello del animal caído y lo besa» (Piglia, Formas breves).

* * *

All the pretty little horses es una balada infantil norteamericana—a nursery rhyme—. Según podemos leer en Wikipedia, su origen se remonta a las canciones que las mujeres esclavas afroamericanas usaban para hacer dormir a los hijos de los terratenientes («originally sung by an African American slave who could not take care of her baby because she was too busy taking care of her master’s child. She would sing this song to her master’s child»):

Hush you bye, Don’t you cry,
Go to sleepy, little baby.
when you wake,
You shall have,
all the pretty little horses.

* * *

Francois Cheng cita este fragmento de una de las elegías de Rilke para hablar sobre lo Abierto, allí donde sólo miran niños y animales:

Lo que está fuera solo lo percibimos por el rostro
del animal; porque desde su edad más tierna
damos la vuelta al niño y le obligamos
a que mire hacia atrás al mundo de las formas,
no a lo abierto, que en la mirada del animal
es tan profundo. Libre de la muerte.
A ella la miramos solo nosotros; el animal libre
tiene su ocaso siempre tras de sí,
y ante sí, a Dios, y cuando camina,
es en la eternidad, donde camina
como lo hace el fluir de las fuentes.

El niño y el caballo: dos miradas no domesticadas.

En el borde del mundo de las formas.

* * *

Caballos y sueños.

Borges escribe en su ponencia sobre las pesadillas: «Märchen quiere decir fábula, cuento de hadas, ficción; luego, nightmare sería la ficción de la noche. Ahora bien, el hecho de concebir nightmare como “la yegua de la noche” (hay algo de terrible en lo de “yegua de la noche”), fue como un don para Víctor Hugo. Hugo dominaba el inglés y escribió un libro demasiado olvidado sobre Shakespeare. En uno de sus poemas, que está en Les contemplations, creo, habla de “le cheval noir de la nuit”, “el caballo negro de la noche”, la pesadilla. Sin duda estaba pensando en la palabra inglesa nightmare».

Pesadillas que aparecen como caballos negros en la noche.

Borges también dice que las pesadillas podrían ser grietas del infierno.

Por qué el infierno y no lo Abierto. Un lugar que es completamente Otro.

Un potrero donde juegan niños y animales.

* * *

Un caballo azotado es como un niño azotado.

Un hombre que pierde la razón y gana un mundo: madre, soy tonto. 

La pelota de trapo.

El gato y el perro.

Y el caballo lo miraba.

* * *

Duerme, duerme negrito
que tu mama está en el campo, negrito.

* * *

Las manos de Víctor Jara.

Los militares montados en los caballos de la noche.

¡Mira al caballo en dos patas,
y al soldado encima dél,
con ojos llenos de furia,
con boca llena de hiel,
y el machetón, que lo mismo
mata viejo que mujer!
Soldado así no he de ser.

(Nicolás Guillén)

Víctor Jara escribe sobre la infancia popular y termina —sin querer— entregándonos una imagen potentísima sobre esa zona que está más allá, donde lo animal y la infancia campean a sus anchas.

Esa es su mayor potencia.

 

* * *

Un animal azotado.

Un niño que juega.

Un hombre que llora.

Susurra: madre, soy tonto. 

 

 

los hombres rana | rafael espinosa

¡Viva Rafael Espinosa!

PDF de «Los hombres rana» (AUB, 2012) de Rafael Espinosa.

En este libro, Espinosa fusiona la dicción barroca con una sintaxis que opera como un hilo de pescar que aglutina escurridizas imágenes y palabras. Así como para los buzos militares existe el riesgo constante de descompresión debido al cambio brusco de presión atmosférica, «Los hombres rana», al lanzar la escritura hacia una búsqueda acuosa, nos entrega poemas que parecen sufrir el síndrome de descompresión y que exponen las lesiones propias del descenso profundo y disparatado en el lenguaje. Pero acaso una de las cosas que más llama la atención es el tono político del libro, lo que hace que Espinosa ponga en evidencia las potencias de lo subjetivo para tocar la cuestión social, así sea solo para denunciar su debacle.

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paseo nocturno

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Nada es comparable a otra cosa.
¿Existe acaso algo
que no esté solo en sí mismo, indecible?
Damos nombres en vano: tan sólo nos es dado
aceptar y explicarnos que nos roza
por acá algún fulgor, allá un destello,
como si en eso fuera ya vivida
la vida misma nuestra.
Quien a ello se opone no llegará a ser mundo
y a quien comprende mucho se le escapa lo eterno.
Pero a veces en noches enormes como ésta
nos ponemos a salvo en leves partes
iguales, repartidas a los astros,
que apremian tanto…

En Poemas a la noche (1956) de Rainer María Rilke (trad. Juan García Román)

he depositado en la destrucción todas mis esperanzas

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«Nunca es tan silencioso el hombre como cuando se encuentra lejos de la ciudad, en una montaña, en un bosque, en un desierto. Aunque vaya acompañado de otro, el silencio sella su boca; hay algo en su espectáculo de silencio». Esto lo escribe Manuel Rojas, que además de gran escritor fue un avezado andinista. Pienso en esta cita mientras ascendemos en el auto de un amigo hacia la Laguna del Maule, ubicada a un par de kilómetros de la frontera con Argentina. Pasada la localidad de Armerillo, en San Clemente, empiezan a desaparecer paulatinamente las casas y las personas como una hebra que se deshilacha. Al mismo tiempo, el flujo de autos comienza a hacerse más escaso. A orillas del camino sólo es posible encontrar letreros, una que otra casa abandonada y la geometría irregular y caótica que la dinamita dejó en los murallones a través de los cuales se abrió esta carretera.

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Al llegar a la Laguna el paisaje abisma no por el silencio ni la consabida inmensidad cordillerana: es el sonido del viento, filoso y profundo como la respiración de una bestia, el que llama a enmudecer, similar al que alguna vez oí con inquietud en la meseta que está frente al volcán Descabezado Grande, en Vilches. Un par de metros antes de la laguna se encuentra el control fronterizo, un complejo poblado de seres tristes como lo son los animales de la burocracia nacional. Junto a este se encuentra un retén y una serie de casas con ladrillos de piedra hechas para soportar el frío radical que debe azotar la cordillera en invierno. Caminamos un par de metros, saliéndonos de la carretera, y encontramos un refugio que en principio nos pareció una casa en desuso. Al entrar, sin embargo, encontramos comida y pan fresco, además de un montón de nombres de personas y lugares escritos con carbón en las paredes. Este podría ser un lugar donde Manuel Rojas se detendría para descansar luego de una larga caminata.

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Escribe Rojas en otra de sus crónicas montañeras: «¿Cree usted que los excursionistas cordilleranos no sienten que se les altera la respiración, que les laten las sienes, que se les ensordecen los oídos y que les tiritan les piernas? Todo eso sienten y algo más también. Pero todos saben lo que usted no sabe: que eso es natural, ya que todo lo que vale algo, que se trate de belleza, de salud, de fortuna, de amor o de gloria, no se consigue sino echando fuera hasta el último ral».

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Dicen los pescadores que cuando el mar se encuentro demasiado quieto puede ser augurio de alguna tragedia y, en este caso, la calma de los volcanes puede ser un largo rezo antes del desastre. De un tiempo a esta parte, la Laguna ha sido intensamente monitoreada por geólogos. Esta zona, leo en un sitio de Internet, es un complejo volcánico que posee una gran caldera, similar a la que existe en el Parque Yellow Stone, en EE.UU. Se especula que la última erupción ocurrió hace más de dos mil años y que las consecuencias de una serían parecidas a esos escenarios apocalípticos que el cine yankee nos viene mostrando desde hace un par de décadas: un cuadro lleno de nubes oscuras, fuego y ciudades devastadas. Todo muy dramático y terrible. Sin embargo, no deja de parecerme fascinante el hecho de que un río de lava y piedras pueda borrar de cuajo la actual fisonomía del paisaje, las termoeléctricas, los relaves mineros, las antenas y las aburridas oficinas del control fronterizo. Me fascina la idea de que, contra toda esperanza, la tierra vuelva a ser una masa informe de magma ardiente. Que el suelo bajo nuestros pies se desplome y no quede otra cosa que un silencio casi providencial.

O que sencillamente no ocurra nada y que este refugio desde el cual observo la laguna siga llenándose de nombres, dejando que sus materiales sean un diccionario de topónimos y viajeros.

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Fotografías: Guillermo Calderón.
Texto del año 2016.

hugo vera miranda

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Vi Solo yo, tú y el asombroun documental del 2011 de Magdalena Chacón. La premisa es sencilla: la directora viaja a Puerto Natales a buscar a Hugo Vera Miranda. Vera es un escritor magallánico. Los escritores magallánicos, dicen al comienzo del documental, existen, pero no se conocen entre sí.

Es probable que, a esta hora —el reloj de mi computador dice que son las 08:25 p.m.—, Vera esté descorchando un vino y escuchando el viento que sopla por los fiordos y las laderas nevadas de los cerros del extremosur. En una entrada de su blog, que se llama inmaculada decepción y tiene un banner con la foto de Rimbaud, Vera anota: «Luego volveré a escribir. Eso dije. Y pasaron los días y un par de estaciones. Y el dique seco. Nada. No volví a escribir. A veces pienso que no volveré a escribir. No me angustia. No como antes. Pensaba que si no escribiese me moriría. Escribir era mi pasión y mi destino. Y ahora ya no. Puedo seguir viviendo en medio del tráfico. Con amigos y enemigos. Sin boletines de prensa. Casi sin contacto humano. Sin estar conectado. Sin enterarme de nada.

Puedo seguir viviendo sin amor, sin odio, sin dios ni galletitas caramelizadas. Y así voy por este mundo. Teniendo cuidado de los semáforos, los gobernantes y la policía. Destruí todos los artículos que hablaban bien de mí. Me conozco. Me queda el retrato de mi primera novia, una foto de Rimbaud y una carta que le escribí a mi madre a los nueve años. Ya puedo morir. O no. Aquello no tiene mucha importancia. Seguro que nos volveremos a ver. Amado lector.»

Como un Levrero sureño, el documental nos lo muestra escribiendo en una vieja computadora de escritorio. Es probable que Vera tenga conexión a Internet y vea extraños videos en Youtube o porno de japonesitas, como el uruguayo.

Chacón también nos lo muestra recorriendo Puerto Natales. «Ando buscando a un poeta: Hugo Vera Miranda. ¿Lo conoce?», le pregunta el poeta a un almacenero, a un vendedor de maní, a una mujer en un almacén o quizá esto último me lo estoy inventando. El caso que nadie lo conoce. Hugo Vera Mirada constata in situ su invisibilidad y parece gustarle.

En otro momento lo vemos evocando a su amigo, el escritor Ramón Díaz. Cuando habla de él, llora. Pienso en lo que dice Atahualpa Yupanqui: un amigo es uno mismo en otro cuero. «Amigo es quien puede ayudarte a hacer más linda la vida», dijo R. el otro día, citando la canción de Garfield y sus amigos. En su blog aparecen algunas reseñas de los libros de Ramón Díaz y también de Juan Mihovilovich. Como un padre orgulloso o un abuelo que se ruboriza y llora con los triunfos de sus nietos mientras mira tranquilo el horizonte y ve a la muerte y no le teme e incluso la desafía sin miedo como un viejo gaucho o un arriero en medios de las profundas gargantas de un cerro, Vera colecciona los triunfos de sus amigos que son escritores como él.

Vera, que además atiende un pequeño almacén de barrio, a veces se da el lujo de escribir poemas que uno podría fácilmente poner en su lista de favoritos. Como este:

la soga no tiene la culpa y nunca fue mi emblema,
me tocó vivir entre gigantes y fui un cobarde
nunca fui flexible con los maracanaces de turno
y nunca supe retirarme a tiempo de este tiempo,
ahora solamente me alimento con gotas de rocío
y desnudo paseo hacia el fondo del paisaje,
pero nunca es tarde para el momento del rayo.

y ahora estoy aquí; colgado de este galpón,
recuerdo cuando ayer compré esta soga,
el ferretero dijo que era su primera venta del día
y yo sonriendo le contesté que era
la última compra de mi vida.

en fin… él no tuvo la culpa, no fue el ministro,
ni el papa, ni siquiera el bostezo enorme de este mundo,
busquen por el lado de una vida de almacén,
se lo digo yo, el tipo que cuelga del galpón.

En otro poema, habla de una nave espacial que se monta sobre la rama de un calafate de la cual bajan «mis profesores de escuela cantándome la canción del fracasado.» Vera es, a estas alturas del texto puede intuirse con claridad meridiana, un beautiful loser, que es probablemente la única forma de ser poeta en Chile.

 

george oppen: el naufragio de lo singular

George Oppen Descontexto

Estamos en el año 1934. George Oppen se alista en el Partido Comunista y abandona la poesía. El siglo avanza como una tormenta de pólvora y siembra preguntas como dinamitas: ¿qué utilidad tiene escribir poemas en tiempos de crisis? “No criticamos a los artistas del pasado por tener convicciones religiosas, políticas o científicas diferentes de las nuestras”, escribe Auden en 1939, “Criticamos a los artistas contemporáneos porque nuestra época nos deja perplejos y, mirando alrededor de nosotros con desesperación en busca de respuestas a nuestros problemas, culpamos de manera indiscriminada a quienes no alcanzan a darlas, olvidando que el artista no pretende responder a nada”.

Fiel a esta última sentencia, Oppen y su inseparable compañera Mary Alby deciden dedicarse a la acción directa. No son tiempos para medias tintas: Estados Unidos vive las secuelas de la crisis económica y el fascismo avanza a paso de tigre. Como si fuera poco, la vida de Oppen arrastra sus propias convulsiones internas: hijo de un padre adinerado y una madre suicida –murió cuando George tenía 4 años—, dedica su juventud a la carretera, la lectura de las figuras tutelares de la poesía norteamericana de principios del siglo XX (Pound, Eliot, William Carlos Williams) y a la escritura fragmentaria y esporádica de lo que más tarde sería su primer libro: Discretes series.

A pesar de recibir lecturas elogiosas de Williams y Pound, la crisis política de su época fue más poderosa que su vocación escritural. Leamos al propio Oppen en una entrevista concedida en los 80 a Burton Hatlen y Tom Mandel: “cuando la crisis ocurrió supimos que no sabíamos nada de lo que pasaba en el mundo, y entendimos que debíamos averiguarlo, entonces fue una exploración poética al mismo tiempo, actos de conciencia, la sensación de que uno valora una cosa la otra. Y pensé que la mayoría de los poetas no sabían acerca del mundo como vida –por lo tanto abandoné sin problema a un montón de amigos poéticos. (Risas)”.

25 años duró ese silencio. En ese interregno, Oppen fue padre, reserva del ejército norteamericano en Alsacia y perseguido por el macartismo. El asedio anticomunista lleva a los Oppen a exiliarse en México.

Puede que haya sido el destierro constante o la desolación de la época. No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que Mary Alby, en ese momento Mary Oppen, comenzó a frecuentar a un psiquiatra para curar una depresión que la estaba desarmando. Fue a ese psiquiatra al que George le contó ese sueño inquietante que lo despertó con una carcajada: Oppen estaba, junto a sus hermanas, revisando unos papeles póstumos de su padre. Entre esos legajos encontró un panfleto que decía: “How to prevent rot, rust, in copper” (cómo prevenir el óxido en el cobre). “Por supuesto que aquello de lo que me reía era pan comido para el psiquiatra que me dijo usted no va a corromperse. Dije gracias y me fui a casa”.

A diferencia del sueño de Coleridge relatado por Borges, el de Oppen fue más bien una suerte de profecía autocumplida. El aviso contra la oxidación funcionó, en este caso, como una advertencia contra la descomposición del material favorito del poeta: las palabras.

Todo este merodeo nos trae hasta 1968. Oppen publica Of being numerous y gana el Premio Pulitzer en 1969. 1968, annus mirabilis horribilis al mismo tiempo: masacres en Vietnam, matanza de Tlalelolco en México, Mayo del 68 en Francia, Primavera de Praga, asesinato de Kennedy. “Si hubiera que ponerlo en una sola frase, De ser numerosos puede leerse como una reflexión sobre la potencialidad política de la multitud” escribe Hugo García Manríquez, poeta y traductor de la edición que llega a las librerías locales a manos de Editorial Aparte.

El poema, dividido en 40 secciones, puede leerse como la síntesis de las preocupaciones escriturales de Oppen: la búsqueda por la claridad y la transparencia en el poema; una sintaxis que enrarece el lenguaje y lo coloca al servicio de sus inquietudes filosóficas (“siempre he tenido la sensación de que la estructura de las oraciones encapsula a las palabras pequeñas. Allí es donde se encuentra el misterio, en las palabras pequeñas”); la constatación, acaso síntoma de la época, de lo colectivo por sobre lo singular:

Obsesionados, perplejos
Por el naufragio
de lo singular

Hemos elegido el significado
De ser numerosos.

Quizá como detritus de sus años de militancia e inquietudes políticas, en De ser numerosos la multitud aparece como potencia. Esta lectura salpica tanto la composición misma del libro –los 40 fragmentos de un largo poema, piezas que ensambladas parecen funcionar mucho mejor que aisladas—, como a las ya mencionadas cuestiones filosóficas que atraviesan toda su obra: el naufragio de lo particular y su “radiante luz”:

Puede haber un ladrillo
En un muro de ladrillos que
El ojo elije

Un domingo de tal sosiego
Aquí está el ladrillo, estaba esperando
Aquí cuando tú naciste

Poema largo hecho de piezas disímiles, poemas hechos de versos cuya sintaxis rota es elusiva a un sentido específico o unívoco. De ser numerosos despliega una extraña paradoja, acaso como trasunto de las lecturas que Oppen diseminó a modo paratextual en el resto de su obra (Wittgenstein, Celan, Kierkegaard): una claridad y transparencia que a ratos bordea una cierta opacidad de sentido. Los poemas, quiero decir, son sugestivos y no se cierran o al menos parecen estar escritos de modo que rechacen una única lectura:

Uno no debe llegar a sentir que tiene mil hilos
entre las manos;
Debe de alguna forma ver la cosa única;
Este es el nivel del arte
Existen otros niveles
Pero no existe otro nivel de arte

En un ensayo de 1963, Oppen apunta: “Bertolt Brecht escribió una vez que hay ocasiones en que es casi un crimen escribir sobre árboles. Ocurre que esa afirmación es válida en lo que quiere decir. Hay situaciones que no son asumidas con honorabilidad por el arte, y seguramente nadie necesita un violín justo cuando la casa del vecino se quema”.

De ser numerosos es coherente con la sentencia brechtiana. Oppen no escribe sobre árboles ni entona serenata alguna. Porque si el poema es un modo de pensar, el pensamiento, que nunca es ordenado sino más bien caótico, totalizante y antojadizo, encuentra en estos poemas una oportunidad para desplegarse y dibujar un mapa de sus inquietudes filosóficas, estéticas y políticas.

El poema, por lo tanto, como sugestión y merodeo. Su comparecencia ante la Historia, en este sentido, está siempre sujeta a esta ambivalencia. No es casualidad que, tras el 18 de octubre chileno, algunos versos del libro hayan parecido escritos para describir la particular situación política del país: la irrupción de lo numeroso.

Pero la lectura no se agota ahí. Porque para Oppen la transparencia parecía estar más cerca de la irrupción de una luz que atraviesa a los objetos hasta difuminar sus contornos que a la claridad en tanto sentido unívoco. “Claridad en el sentido de transparencia. No creo que se pueda explicar más”.

Me quedo con eso: no creo que se pueda explicar más.

Texto publicado originalmente acá: http://letras.mysite.com

ulises

James-Joyce

Joyce sería el típico escritor de procedimiento: alguien que se plantea cada capítulo del Ulises como distinto al anterior y con toda una serie de condiciones. Y sin embargo es considerado por el capítulo menos interesante de su libro, que es el monólogo de Molly Bloom. Cualquiera puede escribir en esa especie de estilo directo fantaseado. Ahora, los capítulos verdaderamente difíciles son casi ininteligibles o llegan casi al nonsense, como ése que él llamaba “El patito feo”, que es una serie de preguntas que se contestan de un modo exhaustivo y aburrido. Para otros, tenés que leer un libro de crítica literaria si querés entender lo que está haciendo. Barthes, que es un muy buen lector de Joyce, explica cómo, en un capítulo donde se narra el nacimiento de un niño, Joyce recrea toda la historia del inglés a partir de su evolución estilística, de Chaucer a Carlyle. Escribe una oración como Dickens, otra como Thomas Hardy, etc. Pero entonces te agarra la pregunta: ¿es técnica la literatura?

Luis Chitarroni (2020) en entrevista a Revista Invisibles.